Primero empezó como que no quería la cosa. Un runrún sordo apenas perceptible. Ni siquiera parecía un contratiempo, nada digno de que le fuera prestada demasiada atención. Era inevitable que con el devenir del tiempo la presión fuese bajando. Ya se sabe: una se enamora como una loca y después la rutina se encarga de ir rebajando las expectativas. Aún así yo tenía claro que le quería, que le quiero, vamos... nada que ver con el cataclismo anterior.
Él apareció en el momento justo de mitigar mi dolor. Aquel indecente me había dejado tan anímicamente deshecha que no encontraba rumbo ni salida y ahí surgió, sin buscarlo ni pretenderlo, él, como una esperanza, como un referente, casi como una tabla de naufrago que me alejaría del remolino insano en el que se atormentaba mi alma.
Le dejé llegar, le deje entrar, le asumí y volvió la ilusión, la risa y la brisa a soplar en mis velas. Fue, como suele por demás ocurrir en estos casos, un renacimiento con su regocijo y sus empeños, pero también su correspondiente olvido y su dosis de caos.
No hubo dificultad en comenzar a convivir para no repetir pasados errores y en dos días, con sus noches, nos liamos la manta a la cabeza y le traje conmigo entre la necesidad y la euforia. El amor mueve montañas, formatea pasados y allana pendientes hasta tal punto que crees que la vida será ya fácil por siempre.
Pero como digo, no es ya la rutina, es esa primera decepción minúscula hacia la otra persona que ni siquiera estás dispuesta a admitir por no poner en peligro tu inestable felicidad. No supones nunca que esa mínima contrariedad para con tus deseos pueda ser el principio del fin, de hecho el fin aún está muy lejos pero, lógicamente todo final tiene un principio..
Te engañas inocentemente durante un tiempo, un tiempo al menos, pero sin venir a cuento, una mala tarde, tal vez en una de esas noches de insomnio que ya creía superadas para siempre desde que la fortuna decidió ponerse de mí lado, me sorprendí sincerándome conmigo misma y la angustia leve del principio se me fue acrecentando en el vientre como el feto que él se niega a engendrar. No le dices nada pero la duda va creciendo y te corroe por dentro hasta convertirse casi en certeza.
Tampoco él es lo que esperaba.
Me perdí en los artificios del romance, en la estrategia ciega del principio, en el anhelo expectante de la necesidad forzada.
Unos pocos meses han sido suficientes para comprobar como la herrumbre se apodera de todo como la soledad aumenta en mí como no lo había hecho desde mucho atrás, como vuelve el tedio, como la rutina se hace persistentemente invisible, pero profecía indeleble del agotamiento final.
Repasa mi mente el camino seguido, la compara con la ruta previamente trazada, no concuerda, estamos perdidos. A ver quien es el valiente que lo dice primero.
Entre repaso y repaso de ese desasosiego, mientras considero la debilidad pastillera de ese muerto en vida que me tocó por amante y supuestamente amigo, ese soez y enrabietado partenaire, te cruza como un flash la imagen del otro, apenas décimas, nada importante. Lo inquietante es que mi mente lo había exiliado y no comprendo qué pinta ese otro, mi imperfecto pretérito, aún enredado entre las residuales sinapsis de mis neuronas.
Bueno, una debilidad la tiene cualquiera, incluso yo, disciplinada y cabal como espartana de antaño. Pero no cederé a más desvaríos. Se irá solo, tal como vino. No ha sido invitado y mi memoria es hostil a ese energúmeno.
No cuento a nadie que se repite, que va su fantasma agrandando su espacio entre mis recuerdos. Que si una conversación trivial lo convoca, que si en la tele la peli lo rememora, que si el viaje planeado lo justifica... ¡No quiero!, no sé, ¡no!. Pero... aparece.
Poco importa que sepa por su despedida que me evitará porque me quiere. No son formas aquellas de querer. Eso lo tengo claro. Pero... bueno, tampoco es que las actuales mejoren lo habido.
Pasado ese tiempo de cicatrices, te descubres interesándote por nimiedades de sus desvelos. Sé que sigue solo, que no fue justicia mi pretensión. Que mi conciencia que soñaba dormida, me azuza en la duda sin remisión.
No te importa, te dices, y es cierto que no te importa. Repites sin tasa que no te incumbe el tenor de sus pasos, idas y venidas, dichas y quebrantos.
Mantengo firme mi decisión, al enemigo ni agua, mucho menos conversación.
Pongo mi debilidad en fuga y afronto lo cotidiano con el valor mínimo necesario para no dar mucho más que hablar, no fuera que se resientiera mi reputación.
Y eso que ya nadie se acuerda de la perra de Maruchi.
De tripas corazón y con ellas en la mano enfrento los desplantes, la apatía, el malhumor errante de mi pareja, los malos chistes, los infantilismos y miedos que me confiesa o los que no.
¿Cuánto hacía que yo no lloraba? desde los días de mi fuga del anterior hogar conyugal hasta casa de mi madre fruto según alegué en la demanda de divorcio, de la incompatibilidad de caracteres (que después de trece años de relación no supe ver a tiempo), del maltrato mutuo (aunque no recuerdo ahora tan nítidamente en qué consistía) y la presión psicológica que ejerció sobre mí (lo que me obligó a abandonar mi residencia en la planta baja del inmueble y refugiarme en casa de mi madre, metro y medio por encima). En fin...
No puedo consentir, no puedo consentirme, que ese fantasma se materialice poco a poco ante mis ojos. Tiene que haber otra opción.
Además como va a ser de fiar un tipo que se jactaba pregonando ufano a los cuatro vientos su incredulidad en dioses y gobiernos y se casa conmigo ante el altar y ¡además comulga! , bien que a petición mía, eso sí, pero debería haberse mantenido más firme en sus principios y no veletear de tal manera que provoque desconcierto en los presentes. Aún tendrá la desfachatez de decir que declinó por mí, porque me hacía ilusión; pero, eso no es cierto. De sobra sé que nunca hizo nada por mí.
Ahora que vuelvo al ejercicio físico constante. Ahora que estos muslos y pectorales retornan a la firmeza que nunca debieron perder, malo será que no aparezca otra ilusión, de hecho hay precedentes. Si el actual no me sirve y eso lo tengo meridianamente nítido, y al pasado me niego a volver, lógicamente solo me queda una cosa: escapar hacia adelante.
Comienzo a sospechar que ese par de cosas que el otro y yo sabemos por encima de cualquier duda: una que no se rendirá nunca, puede que ni siquiera aún después de muerto y dos que, por muy fuerte que sea aquel, el mar siempre puede más que el rompeolas, suponen una mala conjura, una diabólica conjunción. Puede que él, después de todo, acabe teniendo razón.
Comienzo a prepararme para lo inevitable.
Menos mal que, por suerte, los pensamientos propios no pueden ser oidos por los demás. ¿Qué iba a pensar de mí esta gente?.
No hay comentarios:
Publicar un comentario